Tras las huellas del fruto prohibido
Por Thilo Hanisch Luque
Hablan las sagradas escrituras de una primerísima pareja, un hombre y una mujer que vivían felices en un paraíso. Yo me lo imagino como una especie de balneario con todos los lujos y servicios incluidos. Sólo había una condición a cumplir por parte de los huéspedes, y era hacer caso omiso a una eventual oferta de degustación, probar los frutos del árbol prohibido. Pero Adán y Eva, o bien eran muy glotones y no se aguantaron las ganas de probar la manzana prohibida, o bien la astuta serpiente resultó ser una vendedora muy convincente, de esas que buscan afanosamente las grandes multinacionales para convencer a sus potenciales clientes de que necesitan algún bien material con urgencia para ser felices.
Por alguna extraña razón la sociedad occidental decidió más tarde darle una connotación sexual al asunto. El fruto prohibido era presuntamente la prohibición de tener relaciones sexuales, o al menos no antes de que el compromiso fuera “oficial”. Milenios más tarde un psicoanalista austriaco llamado Sigismund Schlomo Freud decidió que los sueños oníricos de las mujeres, y en donde aparecían serpientes, eran la manifestación subconsciente de un deseo sexual reprimido, o algo así. Si no estoy mal, a Sigmund se le olvidó contarnos cual era el símbolo onírico equivalente en el sueño masculino. Pera da igual, pues en la sociedad posmoderna actual, al parecer ya no hay necesidad de reprimirse. Empero, la tentación subsiste.
Y para alguien como yo, bien podría tratarse de una bella mujer latina, como Salma Hayek Jiménez quizás, de caderas anchas, provocadora, indiferente, poco expresiva en lo verbal, pero a la vez muy directa y amplia en su lenguaje corporal. No me extrañaría que esa mujer se me apareciera en cualquier bar nocturno de Bogotá, de esos que abren hasta el amanecer, como el bar de la escena de esta película gringa de cazavampiros, titulada “From dusk till dawn” (en español traducida como “Abierto hasta el amanecer”). Y si esa es la versión moderna de la tentación, no me extraña para nada que se requiera de tanta fuerza de voluntad…
Hace tan sólo un par de días se publicó un artículo en la REVISTA CARRUSEL del periódico EL TIEMPO, donde el autor se preguntaba lo siguiente: "¿Existen las infidelidades emocionales o sólo las físicas? ¿Se considera el sexo cibernético un engaño? ¿Si Jessica Simpson le ruega, "alzando la bota", que se acueste con ella, entenderá su pareja que de no atender a sus súplicas perderá respeto ante todo el género masculino?"
El artículo muy divertido, recomiendo leerlo completico. Es un sarcasmo sobre la infidelidad muy bien escrito, y dice mucho sobre ese "lado oscuro" de muchos colombianos, que orgullosamente profesan los mal llamados onceavo y doceavo mandamientos: "No darás papaya.", y por supuesto, "A papaya dada, papaya partida". Claro, cualquiera de nosotros es suceptible de ser tentado a realizar la segunda premisa -y no sólo en el amor-, o de sufrir la primera, por dar confianza a quien no debe. Mi pregunta es: ¿en qué consiste la ganancia? Pero más importantemente, ¿quién pierde realmente? No es una pregunta retórica, ni siquiera moralista. Es una pregunta práctica. Pregunta que los EMBAJADORES VALLENATOS han respondido mejor que cualquiera, con mucho sentido del humor y folclor 100% colombiano.
Quizás muchos lectores no conozcan a Bill Withers. Aunque de pronto se acuerden de una canción llamada Ain't no sunshine. Y si no, de seguro se han visto una magnífica secuencia (hacer clic aquí) de la archifamosa película interpretada por Julia Roberts y Hugh Grant, llamada Notting Hill, y que está ambientada con esta canción. De cualquier manera, la reflexión de hoy empieza con una breve introducción del autor de esta canción de amor, en un programa de la BBC. Para ilustrarnos sobre el origen de su composición, Bill Withers señala una de esas situaciones típicas de la vida, cuando hay un rompimiento de pareja: “Las mujeres pueden decir cosas como: ‘Yo lo amaba. Realmente lo amaba. Pero el simplemente se fue… ¿Por qué se fue de esa manera?’ Los hombres, en la misma situación, suelen decir cosas como: ‘Estoy feliz de que Joan y yo hubiéramos terminado, mi hermano…’, sabiendo que en realidad están muriéndose por dentro. Así es que por una vez en la vida quería superar mi propio ego masculino, y admitir que estaba perdiendo algo. De esta manera terminé componiendo ‘No hay luz del sol’ (cuando ella se ha ido).” Ain't no sunshine (when she´s gone)
Juzgando por la apariencia musical
Por Thilo Hanisch Luque
Dicen que la pinta es lo de menos. Que no hay que juzgar por las apariencias. Pero yo veo a este genio musical, llamado Louis Armstrong, interpretando Hello Dolly, y no tengo duda alguna de que además de haber sido un músico del otro mundo, era por necesidad un gran ser humano. Para cantar así, para componer así, para bailar así, para tocar la trompeta como lo hace, y para removernos el alma creando una inexplicable sensación de alegría espiritual al ritmo del más puro jazz, no se puede tener apariencia diferente a la de este arcángel musical. Así digan que no se debe juzgar por las apariencias.
La cerca: un vallado, tapia o muro que se pone alrededor de algún sitio, lote o casa para su resguardo o división. La cerca sirve por tanto para limitar el acceso a nuestro espacio, lo cual es bueno. También sirve para limitar nuestro acceso a espacios ajenos, lo cual, no siempre es tan bueno.
La cerca es por tanto, un espacio abierto a la imaginación, sin temas específicos, aunque algo personales..., por ratos.
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